Por Diana Merchant Ley
Foto: Susana Huante
El clima ayudó demasiado, a mí a no sudar tanto, entrevistar a gusto y a Felipe a ganar unos cuantos pesos extras. Le recompensaré un día de estos a nuestro clima primaveral, tanto mío como de Felipe quien ha aprendido a identificar cuándo sube la temperatura y cuándo baja para poder evadirla, para evadir un poco la tristeza, las ganas de poseer y conformarse con 50 pesos –ó 90, en los días buenos.
“Qué tal oiga, me llamo Felipe Pérez, tengo 30 años y me vine de Oaxaca con mi mujer y mis dos niñas, ´tan chiquillas, una tiene como 6 y la otra como 2 y medio. Me vine a buscar la vida porque allá no hay que hacer, bueno pagan bien poquito” me decía mirando hacia la calle, donde pasaban los carros a altas velocidades, reposando sentados debajo de unos arbolitos que están varados en una cuchilla del Blvd. Lázaro, desde donde se puede ver un restaurant de comida japonesa y un banco.
Descansando junto con la familia de Felipe, un hombre moreno chocolate más por andar en el sol, que por los genes, de cabello lacio negro y corto, de un metro cincuenta y cinco más o menos, y vestido con un traje de capa, cascabeles y sombrero de plumas, empezamos a platicar un poquito, sin compromiso alguno.
Mientras vivía en Oaxaca, Felipe, trabajaba en el campo ganando 50 pesos por un día, la misma cantidad que gana entre carros, sol y malas caras, tocando la flauta y un pequeño tambor, bailando con plumas en la cabeza –montado en un austero traje que le costó 400 pesos. Felipe es ahora su propio jefe, descansa y come a la hora que necesita, sus manos no son una porcelana, pero, al menos ya no están tan maltratadas como cuando plantaba, como cuando llegaba tarde y de mal humor a su casa, lejos de la capital de Oaxaca.
“A veces toco la flauta, otras veces ando vendiendo garapiñados o chicles, dulces de paletas que compro a alguien” decía con voz baja, con una candidez envidiable, a la par que jugaba con los cascabeles que volaban suspendidos de sus piernas, un poquito arriba de sus zapatos negros gastados. Su esposa, una mujer morena clara, con el cabello en media cola, largo hasta la cintura, soltaba una risita nerviosa; las niñas jugaban detrás nuestro.
Felipe ha encontrado en el comercio la mejor manera de vivir mientras está en frontera, es presa de esta actividad renovada que siempre saca de apuros económicos. Es muy fácil comerciar en este espacio geográfico, todo se compra y se vende rápido, como actitud arraigada del mexicalense. “Con este trabajo me queda más o menos, gano en un día como 20 pesos, 50, a veces 90, depende del día, me dejan de peso en peso” y cree que la gente es coda, primero lo piensa y después puede decirlo abiertamente mientras se ríe y acomoda sus manos hacia atrás donde recarga su delgado cuerpo, para disfrutar aun más de la increíble sombra fresca que nos acogía esa tarde.
Disminuía la fluidez vehicular, los ojos de Felipe se cerraban y formaban, en los bordes, unas cuantas líneas paralelas que para él significaban ponerse más viejo. ¿No le gustaría tener un trabajo bien establecido oiga? Pregunté “No, es que como andamos en varias partes, pues a veces aquí, Tijuana, Ensenada, estamos por dos o tres meses, cuando viene el calor nos vamos” Y justamente por eso, ese día, Felipe y su familia se encontraban ocupando la Lázaro, la ausencia del calor de los infiernos, no los había tostado como panecitos todavía y creo, no lo haría.
“Sí me gusta Mexicali, ´ta bonita, hace calor pero hay varias cosas bonitas aquí, vamos al centro, hay comida, todo eso” . Felipe conoce el centro mejor que nadie, sabe donde se come rico, ha probado la comida china una vez, pero cree, en el fondo de su ser que el mero Oaxaca siempre será más bonito aun, con sus pirámides y calles empedradas, que aunque a estas alturas sea difícil regresar siempre lo va recordar como algo “rebonito”.
“Sí somos felices, pienso que tener una familia es bonito” decía, todavía con voz baja, mirando a su mujer y a sus pequeñas, quienes seguían jugando detrás de nosotros con el pasto local de la cuchilla en donde estábamos varados, donde Felipe Pérez se negó por pena a tocar una de esas canciones que toca para sobrevivir, evadir el calor, hambre, tristezas, malas caras de automovilistas, discriminaciones, lástimas y deseos. Son felices de eso no hay duda.