Noche de viernes. Según todos, prometedora. Yo sólo vi un pedazo de noche muerta, quizá con algún indicio caótico. La noche en la ciudad nunca es dominante, para mi siempre termina a las 12. Soy una cenicienta. Noche a las 12 (casi día) y yo callada con el aire en la cara, pensando. Nunca tengo ganas de nada. Esta vez fuimos a comer sushi. pedí un cono ebi, un yakimechi, una ensalada de pepino y cangrejo; y unas brochetas rellenas de queso. Me equivoque: tenía ganas de la comida japonesa. Ya entrada la noche nos reimos, cínicamente, dejándome atrapar otra vez por la cultura de masas y me puse a corear las canciones que tocaba el grupo versátil en cuestión. Con un mentolado en la mano cantaba fuerte, como identificándome. Maldita hegemonía, lo tiene todo bien planeado. Pedí un té negro, casi no tenia ganas de tomar los tragos. Mis amigos dijeron otro, termine aceptando. Pagamos y salimos.
Cruce la calle, me perseguía el temor de ser atropellada por un móvil veloz, tenía moretes en la cara y los brazos. Parecía preocupada. Paola lo reafirma, estás preocupada , ¿quién no te ha llamado? Le doy una sonrisa, me subo a la camioneta verde y evado el tema de las llamadas perdidas por uno de lesbianas tiraondas..
Regreso a mi casa, 12:50. Salir a veces, no vale la pena
Cruce la calle, me perseguía el temor de ser atropellada por un móvil veloz, tenía moretes en la cara y los brazos. Parecía preocupada. Paola lo reafirma, estás preocupada , ¿quién no te ha llamado? Le doy una sonrisa, me subo a la camioneta verde y evado el tema de las llamadas perdidas por uno de lesbianas tiraondas..
Regreso a mi casa, 12:50. Salir a veces, no vale la pena








